domingo, 21 de mayo de 2017

Occidente y Francisco I

Al realizar un análisis comparativo entre Spengler, Toynbee,y Huntington, se determina  que existen elementos comunes a las civilizaciones y culturas, el primero es el político, que se presenta en la figura de un Estado Universal; el segundo es el elemento comercial o económico, que trata sobre la productividad e intercambio de los bienes y riqueza; el siguiente elemento es sin dudas el cultural que a su vez se bifurca en lo laico, conformado por la academia y los oficios; y lo religioso conformado por la religión.

Sobre este último punto recae la formación y caracterización de una civilización, pues las religiones usan el simbolismo, el mito, y la tradición, con el fin de inocular y conservar un sistema axiológico que le es propio. Las Religiones son parte de la personalidad de cada cultura, y dependerá de la propia naturaleza de esa civilización la amplitud o estrechez en el margen de penetración de cada valor en la familia e individuo dentro de la institucionalidad cultural. Existen religiones que abarcarán cada aspecto de la vida como lo es el Islam, donde no hay separaciones entre lo religioso y lo político, económico y social; y otras como el Budismo Nichiren (rama religiosa del Budismo Japonés) en el cual su acción en la sociedad no traspasa de lo educativo.

En el caso de la civilización Occidental, la religión universal, es el Catolicismo, iglesia desarrollada sobre la decadencia de la Sociedad Helénica, y sobreviviente al colapso de esta, fue el puente que permitió que nuestra civilización heredara lo útil de los romanos y griegos. Esta Iglesia se rige políticamente como una Monarquía Electiva, según la cual, los príncipes o cardenales elijen en votación secreta al nuevo Papa, quien desempeña funciones de Rey y máximo representante de su fe. Los miembros de religiones cristianas protestantes le reconocen como el Obispo de Roma, y sobre el recae la responsabilidad política de su institución.

La función actual del Papa, en términos de la Teoría de Civilizaciones, debe ser liderar la profundización y adaptación de los valores de la religión católica a las nuevas realidades mundiales, con el fin de conservar espacios culturales y abrir el paso para la expansión de los valores religiosos de la sociedad occidental frente a la expansión del Islam como principal amenaza político-religiosa. Partiendo de este punto, nos preguntamos ¿está el actual Papa, Francisco I, desempeñando la mencionada función? Pues la respuesta es obvia, no.

La actuación de Francisco I al frente de la Iglesia ha sido deficiente, no ha podido solucionar los problemas internos ni resguardarse de las amenazas a su institución. Mientras los casos por pederastia y corrupción financiera quedan sin resolver, aumentan los casos de sacerdocio homosexual, sacerdotes que irrespetan el voto de castidad, deserción y disminución en la matrícula de los seminarios, ausentismo en las ceremonias eclesiásticas, entre muchos otros. Por otra parte, existe una grave amenaza, la iglesia sufre de deserción de fieles, quienes sufriendo la crisis de valores, se refugian en el Islam (mayoritariamente europeos y africanos), en religiones tribales (africanos, caribeños y latinoamericanos), y hacia otras corrientes cristianas poco comunes y hacia el ateísmo (europeos y latinos en su mayoría).

Como si fuera poco, su intención se aleja en lo político y moral de los valores occidentales, este Papa ha decidido hacer silencio frente a gobiernos corruptos de izquierda y derecha, tal es el caso de Nicaragua y Venezuela; y ha tenido un trato indiferente hacia los gobiernos que tratan de rescatar la libertad y la democracia, atentando contra los propios valores de su congregación de origen, La Compañía de Jesús. Ha tenido mano suave frente a los ataques terroristas del Islam, y mano dura con los legítimos intentos de defensa por parte de los Estados y comunidades organizadas, el mundo que lee el Papa Francisco I no es el que se presenta día a día en África, continente urgido en un cambio de la Iglesia sobre temas como SIDA, anticonceptivos, y el aborto; y que lucha a diario contra facciones del Islam radical.

Otro ejemplo del desacierto de Francisco I es la falta de decisiones serias con respecto a temas importantes de la agenda occidental, como matrimonio gay, sacerdocio femenino, laicismo educativo, acción social de la Iglesia, y la pederastia ; ante estos temas apenas ha mencionado estar a favor o en contra, y ha condenado algún abuso que pudiera herir susceptibilidades.


En conclusión, Occidente requiere con urgencia un papado que tome las riendas de la Iglesia para rescatar los valores y adaptarse a los nuevos tiempos, y no es Francisco I un ejemplo de esto, por el contrario, el Papa se muestra populista, tibio y cómplice frente a los abusos de las tiranías, y suave frente a la gran amenaza islámica. A la Iglesia le urge otro Rey.

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