miércoles, 15 de marzo de 2017

Los Nacionalismos actuales y la crisis de Occidente.

Un breve acercamiento conceptual sobre los movimientos nacionalistas debe llevarnos desde el nacimiento del Estado Moderno en 1648 hasta la Revolución francesa como punto de máxima expresión de los valores laicos occidentales, y con esto a los nacionalismos como una reacción ante la creciente divulgación y universalización de los principios de libertad, igualdad y fraternidad. Todo ello, sin dejar a un lado el desarrollo de instituciones liberales en Inglaterra y la influencia que tuvieron estas en la creación de un clima en lo político y social que caracterizara, junto con el concepto republicano clásico, a toda Europa en los siglos XVI al XIX.

Para la Teoría Política el Nacionalismo es un fenómeno eminentemente político con implicaciones sociales, económicas y jurídicas, que ha venido mutando dependiendo de las realidades específicas de cada región, representando un reto para los estudiosos, pues no se circunscriben a fenómenos eminentemente estatales, y o coyunturales. Partiendo de este principio, entendamos el nacionalismo como la corriente política donde priva la voluntad del individuo de asociarse con otros como colectividad política, y sobre esta base, ese grupo intenta promover líneas de acción que obedezcan al sentimiento exacerbado de protección y enaltecimiento del poder nacional.

Una vez desarrollado esto, la realidad golpea en la cara al positivismo tradicional, pues es inviable entender el fenómeno de manera imparcial desde la mayoría de las doctrinas, salvo una, la que se coloca por encima de casi todas las perspectivas, la instancia última de la historiografía política de la humanidad, la Teoría de Civilizaciones, que surge ante la necesidad de entender los fenómenos trascendentes a los límites y fronteras, a los liderazgos locales, y en especial al análisis de las fuerzas profundas.

Parafraseando a Lord Acton, -la historia general depende de causas mucho más amplias que las nacionales-, entonces, una civilización en términos de la historiografía de los Toynbeenianos, es un campo inteligible de estudio y reflexión, de gran amplitud, que trasciende las fuerzas nacionales y sus elementos. Lo intangible, lo que se cuenta y se vive en cultura, en comercio, en moralidad; es allí donde debemos enfocar el estudio del nacionalismo como fenómeno político y social dentro del análisis a la luz de la Teoría de Civilizaciones.

En el siglo XIX los nacionalismos causaron estragos en Europa, la mal llamada 1era y 2da Guerra fueron eventos terribles al ojo decadente de occidente, pero profundamente naturales para quienes lo vivieron, y que como reacción dieron paso a los funcionalismos, modelos de integración y al desarrollo de una estructura organizacional cada día más decadente como la Organización de Naciones Unidas, o la Unión Europea, entre otros.

El Fascismo Italiano, el Nacional Socialismo Alemán y el Franquismo Español, fueron modelos eminentemente nacionalistas, tradicionales históricos dentro de la concepción comparada del Derecho Constitucional según García Pelayo. Autárquicos extremos en lo económico, y conservadores en lo social; estos movimientos surgieron rechazando al liberalismo político y sus consecuencias en el período entre guerras, y en su crecimiento, se opusieron fervientemente al socialismo marxista y a muchos de los postulados éticos de la Iglesia Católica. Básicamente la corriente nacionalista dentro del conservadurismo extremo, se  opuso y se opone a todo ideal internacionalizado, a toda práctica de virtudes universales, y generó en su momento un nuevo pensamiento ético, moral, corporativista, sustentado en la voluntad y el desarrollo nacional.

Luego del auge y caída de estos modelos, hubo un período de reordenamiento, y transición política en el mundo, donde los esquemas se fueron quebrando y el poder diversificando, hoy en día hay quienes se atreven a hablar de un mundo multipolar, donde los debates básicos del individualismo contra el colectivismo han desaparecido para dar espacio a las modalidades constructivistas, dejando atrás los viejos discursos marxistas y revisionistas, y acercándose a las democracias sociales, con respeto a las instituciones republicanas y nuevas ideas de organización frente a temas que han trascendido las fronteras como medioambiente, libertades políticas, salud integral, acceso a las nuevas TIC´s y educación.

Mientras esto ocurrió y ocurre en Occidente, otras civilizaciones presentaban síntomas distintos, el marxismo sirvió como ideología para unificar China, los ortodoxos resolvieron los conflictos étnicos, o por lo menos hacen el intento; y el Islam crece como una gran amenaza para todos. Los registros indican que en los países occidentales y en los asiáticos, salvo alguna excepciones, los seguidores de Mahoma han multiplicado su población, dinero, y poder; siendo de los movimientos migratorios de mayor conflicto en los últimos años, en particular por la violencia en el Medio Oriente y los últimos intentos por establecer sus valores religiosos en territorio Occidental.

En este mismo sentido, la decadencia interna de Occidente, manifestada en los elevados niveles de corrupción de sus élites, en la flexibilidad de su sistema axiológico, y en la concepción terrible del término “multiculturalismo”, han servido de caldo de cultivo para probar los nacimientos de nuevas tendencias políticas y para revivir posiciones conservadoras, entre ellas los nacionalismos.

En contraposición a la flexibilidad y la tolerancia, surgen posturas rígidas menos “suicidas y decadentes” en términos Spenglerianos, para intentar salvarse como agrupación social occidental, y obedecen, estos nacionalismos, a posturas lógicas que parecieran arcaicas pero útiles y eficientes para combatir la crisis política, social y económica que se le viene al hemisferio.

Esta es la razón por la cual han surgido movimientos democráticos que comienzan a deslizarse entre los nacionalismos, como es el caso de Francia con Jean Marine Le Pen a la cabeza, Trump en los Estados Unidos, y la polémica postura del Brexit en Inglaterra que acaba de ser apoyada por la Cámara de los Lores.

Sin embargo, no son estos, aquellos viejos radicales, aun cuando tienen posturas ortodoxas, es difícil creer que Trump pudiera llevar a EEUU a un escenario corporativista y autárquico, cuando lo que está planteando es regresar a un equilibrio de su balanza comercial, y disminuir la dependencia de otros Estados; y al mismo tiempo, desarrolla una política agresiva contra el Islam radical, y grupos terroristas internos. Caso parecido sucede con Le Pen en Francia, donde sus propuestas neoconservadoras, anti-islámicas se han asentado gratamente en el pueblo francés, que busca de manera desesperada volver a ser la Capital Cultural de nuestra civilización, y otros casos cercanos como en Holanda, o el Brexit, que plantea sacar a Inglaterra de ese modelo inservible que es la Unión Europea.

Y esta realidad se diferencia de aquella donde surgieron los nacionalismos radicales y abrasivos, en muchos sentidos, el primero es el tipo de amenaza y la categoría de la misma, los primeros surgieron ante una crisis política, social y económica tras el desastre de la Sociedad de Naciones, el Tratado de Versalles y las inequidades resultantes de premios y castigos entre ganadores y vencedores; estos nacionalismos surgen ante la crisis de valores occidentales, especialmente en términos culturales y religiosos, pues hay una gran falla de la identidad propia, que depende de dos elementos, el primero el Estado guía de los principios ciudadanos y el segundo, la Religión en términos de unir y religar en torno a valores espirituales afines entre los miembros de una comunidad política con uno o varios idiomas en común, tradiciones y creaciones similares.

En segundo lugar, los antiguos Nacionalismos se oponían directamente al liberalismo y al marxismo, los actuales han entendido los principios liberales y la coexistencia con valores republicanos, y se aceptan comunitaristas, no comunistas, pues suponen que el marxismo es un producto de la Sociedad Occidental desechado por nosotros y aprovechado por otros. El comunismo se convirtió en una forma poco saludable de occidentalizar a ortodoxos y sínicos, a eslavos y asiáticos. Y ante esto, los nuevos nacionalismos plantean un corporativismo atenuado con entendimiento sobre realidades y movilidad social.

Y en tercer lugar, la crisis del período entreguerras tuvo una causa económica y sus consecuencias en el área, frente a aquellos problemas económicos se planteó la industrialización y la autarquía; mientras que en los nuevos movimientos de este tipo no se desprecia el intercambio económico, lo que se busca es ajustar y equilibrar por medio de relaciones bilaterales, y dejar a los organismos multilaterales para Seguridad y Defensa.
           

El gran reto de Occidente es sobrevivir a su crisis, atenuar sus nacionalismos, recuperar la esencia viva de sus principios de Libertad, atender a las virtudes cardinales como ciudadanas, y al mismo tiempo, frenar las amenazas de expansión del Islam y China. Para ello, sus élites deben reconocerse como tales y evitar verse infiltrada por los proletariados externos de otras civilizaciones, entender los valores nacionales como diferencias sobre las cuales se puede construir un mejor Occidente, sin radicalismos, sin guerras intestinas, pues ya tenemos suficiente con la amenaza islámica.